Facultad de Ciencias Sociales
Departamento de Historia

Revista Historia Crítica
Fundada en 1989

 

ISSN (versión en línea): 1900-6152

 

hcritica@uniandes.edu.co| Bogotá D.C.-Colombia

 
   
Para citar este artículoRevista No 02
Título:El Espacio Urbano de Cartagena en la Colonia
Autor:Monika Therrien[*]
Tema: Historiografía de la Revolución Francesa
Julio-Diciembre 1989
Páginas 111-117
 
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El Espacio Urbano de Cartagena en la Colonia

Monika Therrien[*]

Espacio Estudiantil


INTRODUCCIÓN

La Historia, como aquella disciplina encargada de recolectar información acerca de los pueblos con escritura —en especial, aquellos segmentos de la población que poseían ese privilegio—, o cuando en el peor de los casos esta escritura no existía, acogía esta tarea imponiendo sus propios criterios, ha pasado a la historia.

La propuesta de la historia social comprende el estudio de los sectores populares, las mujeres, los negros, los indígenas y otros grupos que no fueron tomados en cuenta por la Historia. En segundo lugar, se dirige a observar los fenómenos cotidianos compartidos por estos grupos o por las colectividades. En tercer lugar, se encuentra el estudio de las "mentalidades como registros de tiempo más largo" o de larga duración, que incluye la secuencia de eventos preexistentes a un acontecimiento y que se siguen manifestando posteriormente (propuesta de F. Braudel retomada por Cardoso y Pérez Brignoli 1977, Le Goff 1983, Vovelle 1985).

Para poder realizar estos objetivos es necesario recurrir a fuentes de información distintas a las tradicionales, o sea aquéllas, como las crónicas, que fueron utilizadas para realzar la personalidad y proezas de los grandes hombres de la Historia, dejando de lado aquello que fue común o cotidiano. Se intenta a través de otras disciplinas identificar las actividades en torno a las cuales giraban los diversos grupos en una época dada, como es en este caso el de la vida colonial en Cartagena.

El análisis histórico implementado actualmente busca estos objetivos, como nos lo plantean Cardoso y Pérez Brignoli (1977):

"...aspiramos a conocer, para cada período y cada sociedad, el marco técnico, económico, social e institucional; las pulsaciones de la coyuntura; los movimientos poblacionales; la vida de las grandes masas y no solamente de los grupos dominantes; los movimientos y relaciones sociales; la psicología colectiva, y no solamente la de los "personajes históricos" (Cardoso y Pérez Brignoli 1977: 31).

Las fuentes para encontrar estos elementos deben variar. Para entender las mentalidades, las creencias, los significados, los símbolos e infinidad de aspectos compartidos por los grupos sociales, hay que recurrir a los campos de la lingüística, de la iconografía, de la arqueología, de la antropología, que nos proveen de otros datos y diferentes formas de interpretación.

Bajo estos principios se hizo a través de las lecturas un intento de reconstruir el espacio urbano de Cartagena en la colonia. Para ello se tomaron como guía los monumentos históricos de la ciudad, que además de representar un estilo arquitectónico, se convierten, por su función y el significado dado por sus habitantes, en otro documento para la reinterpretación de la vida cotidiana.

El tomar los monumentos como datos (de la época prehispánica o post-conquista) se hace cada vez más necesario, más aún cuando día a día se acelera el proceso de su demolición perpetuando la actitud de borrar todo vestigio del pasado que ha sido considerado como inconveniente en su momento. En la implantación de los patrones españoles durante la colonia, no se impidió la manifestación de elementos aportados por los diferentes grupos étnicos indígenas y negros. Unos y otros se combinan más que todo por las circunstancias: el acceso a los materiales de construcción, las condiciones ambientales, la dependencia en la mano de obra aportada por estos grupos. Hay además otros factores que facilitan esta interacción: el mestizaje cultural, la necesidad de "blanquearse" para poder obtener algunos privilegios de los blancos; esto se ve claramente en el establecimiento de los palenques de negros, en donde se imita el espacio urbano español al igual que sus estructuras administrativas y en ocasiones religiosas. Esta es otra razón por la cual debemos darle importancia a este tipo de estructuras en donde queda contenida mucha información que permite complementar lo existente.

El espacio urbano implantado por el español y las actividades desarrolladas dentro de él durante la colonia, han quedado arraigados dentro de nuestro legado urbano moderno, y es en la reconstrucción de esta historia de Cartagena que demostraremos algunos de estos aspectos.

LA FUNDACIÓN DE CARTAGENA

Existe controversia sobre la fecha exacta de la fundación de la ciudad de Cartagena (entre otros ver Otero D' Costa 1983); sin embargo, la fecha que la población toma en consideración desde tiempo atrás es el 20 de enero de 1533.

La controversia surge a raíz de los inconvenientes presentados en la localidad escogida para la fundación. Esta fue elegida por Pedro de Heredia y era la misma que había ocupado hasta ese momento el pueblo indígena de Calamarí (Calamar). Los españoles tomaron posesión de los bohíos que dejaron atrás sus anteriores ocupantes, y estos se convirtieron en su morada durante los primeros años (Marco Dorta 1988: 9).

Este emplazamiento, en principio, fue de carácter provisional, y a pesar de constituirse en lugar ideal para edificar un puerto, gracias al fácil acceso de las naves, no contaba con buenas fuentes de agua capaces de surtir una población grande. Otra razón por la cual no se consideró el sitio de Calamarí como asentamiento permanente durante sus primeros años, fue la omisión por parte de la corona, dentro de las capitulaciones entregadas a Heredia, de otorgar encomiendas a los miembros de la expedición. Esto hizo que muchos pobladores, y entre ellos el mismo Heredia, buscaran fortuna en otros lados, principalmente en el área Cenú (Borrego Plá 1983, Castellanos 1942).

EL ESPACIO URBANO EN EL SIGLO XVI

El primer intento de planificación urbana lo realiza el juez de residencia de Heredia, Juan de Vadillo, entre los años de 1535 y 1537. Entre las obras que se efectúan durante su estancia está la elaboración de la primera catedral de Cartagena y es Vadillo quien se queja de los "indios (que) no han traído la paja necesaria para acabar la techumbre" (Marco Dorta 1988: 28). La construcción, en general, parece que fue efectuada con cañas, por no encontrarse ni madera ni piedras dentro de la zona. Sin embargo, para el atrio se pidió a la isla La Española "cal, yeso, ladrillos, azulejos y un maestro para hacer el Sagrario, así como también rejas de madera para la capilla mayor y el coro, puertas grandes y pequeñas..." (Marco Dorta 1988: 29).

La caña y la paja, materiales utilizados por los indígenas, fueron usados en todas las construcciones nuevas. Esto hizo que en el año de 1552 se destruyera la ciudad totalmente, cuando por un descuido se incendió una casa y con la ayuda de las brisas marinas su fuego se propagó hacia las demás.

La ciudad fue reconstruida inmediatamente, procurando esta vez utilizar materiales perdurables, como el bahareque. Sin embargo, con el ataque del corsario Drake en 1586, se incendió gran parte de la ciudad y se demostró la necesidad de utilizar materiales "nobles", tales como ladrillo y piedra, en todas las construcciones (Borrego Plá 1983).

Del trazo original de la ciudad es poco lo que se conoce. El mapa más completo y más antiguo que se tiene es de 1595 (Marco Dorta 1988:  En este mapa encontramos, entre otras cosas, la existencia de dos plazas: la plaza Mayor y la de la Aduana (o Real, o del Mar).

Según Borrego Plá (1983), la plaza Mayor tenía una importancia más de carácter social y burocrático. En ella se encontraba la catedral que sustituyó la de cañas y el edificio compartido por el cabildo y el gobernador (desde 1568). Era la plaza el sitio ideal para pasear y conversar, y aunque carecemos de documentación para este siglo en concreto, tenemos dos citas que hacen referencia a las actividades desarrolladas en ella en el siglo XVIII, que podrían aplicarse a la época en cuestión:

"...otras negras ganando el jornal, y para ello venden en las Plazas todo lo comestible, y por las Calles las Frutas y Dulces de País de todas especies, y diversos Guisados ó Comidas; el Bollo de Maíz y el Cazabe, que sirven de Pan con que se mantienen los Negros." (Gutiérrez 1980: 14).

"La principal gala de las señoras consiste en que cuando la señora sale de casa vayan tras ella una tras otra todas las esclavas. La que lleva más se lleva las palmas" (Gutiérrez 1980: 20).

El pasear y reunirse en la plaza aún se practica en muchas localidades, incluso en algunas novelas se recrea como sitio de cortejo (García M. 1985).

Los entierros se realizaban dentro de este espacio también. Martínez (1988) en su reconstrucción de Santa Fe de Bogotá, menciona que a algunos individuos se les enterraba dentro de las catedrales e iglesias, y en esto parecen estar de acuerdo Marco Dorta (1988) y Lemaitre (1983: 158) cuando se refieren al sitio de enterramiento del conquistador Sebastián de Belalcázar, quien murió en Cartagena en 1551 (Otero D' Costa 1934) y se asume que sus restos fueron depositados en la catedral de paja de la ciudad.

A aquellos individuos que por su condición no gozaban de este privilegio se les enterraba en una plazoleta, construida especialmente para esto, frente a las iglesias (Martínez 1988: 154).

La segunda plaza es la de la Aduana, o del Mar, frente al muelle. En ella se establecieron la Casa de Contratación, la carnicería y las principales tiendas. La función de esta plaza era de tipo económico, en ella se desarrollaron las principales transacciones mercantiles, aunque también se celebraban fiestas populares (Marco Dorta 1988). Posiblemente en estas actividades participaban todos los grupos étnicos presentes en esta ciudad.

Las principales construcciones durante el siglo XVI fueron de carácter religioso: se iniciaron las obras del convento de Santo Domingo (1551), del convento de San Francisco (1555) —única construcción junto con el matadero levantada en el Arrabal de Getsemaní en este siglo— y el de San Agustín (1588). • Como las primeras catedrales que se construían en algunas ciudades eran pequeñas y no daban abasto para enterrar dentro de ellas a todos los muertos, se permitió que en las iglesias de estos conventos se prestara este servicio (Martínez 1988: 154).

La catedral que se consideró como definitiva, por los materiales utilizados para su construcción (columnas de piedra, portones de madera, etc.), se inició en 1577 y se terminó alrededor de 1612; en el intermedio sufrió daños bajo los ataques de Drake y con la caída del techo, posiblemente por un mal cálculo o deficiencia en los materiales que se usaron por tal fin. Esta catedral de-bió coexistir con la catedral de paja, hasta que esta última fue reutilizada en parte por el Hospital San Sebastián al anexarle una enfermería en 1579.

Las edificaciones oficiales fueron más tardías. La casa de la Aduana se inició en 1575. Por otro lado, el Cabildo se reunía cada viernes en casa de particulares hasta que se adquirió la casa del tesorero (1586), por ser la mejor de la ciudad. Esta era una de las pocas que hasta ese momento se habían elaborado en materiales nobles y estaba frente a la catedral y la plaza Mayor. Era una construcción de dos pisos; en la planta baja se reunía el Cabildo, y la planta superior sirvió de aposentos para el gobernador (Borrego Plá 1983).

En cuanto a obras civiles se puede mencionar el puente de San Francisco que une a Getsemaní con la ciudad de Cartagena. La importancia que fue adquiriendo la ciudad como puerto marítimo, hizo que se construyera un muelle adicional.

Casi durante todo el siglo XVI, la ciudad careció de defensas importantes; sólo se erigieron unas estacadas en madera, pero éstas no impidieron el ataque de los piratas. Al finalizar el siglo, se comenzó el primer fuerte.

El problema del agua, que fue motivo de tantos inconvenientes en la fundación de la ciudad, no fue solucionado en forma eficiente en este período y se acudió al uso de aljibes que se dieron con profusión. Para solucionar este problema se recaudaban impuestos en las transacciones comerciales, especialmente en la trata de esclavos negros, pero estos dineros eran desviados hacia otras necesidades tales como pagar rescates cuando la ciudad era sitiada por piratas.

A pesar de esta situación, la población urbana en el siglo XVI pasó de unos pocos bohíos provisionales en el momento de su fundación, a unas cuatrocientas casas hacia finales del siglo (Borrego Plá 1983).

1. Los habitantes: blancos ricos, blancos pobres, negros, indios y mestizos

Existían tres tipos de comerciantes: por un lado, los grandes mercaderes, quienes aparecen tardíamente (hacia 1580) y cuyas rentas parecen sobrepasar en un momento dado aquellas percibidas por los encomenderos, otro grupo importante dentro de la ciudad. Por otro lado, estaban los regatones quienes eran comerciantes minoritarios, presentes desde el momento de la fundación. Por último, los posaderos, quienes se establecieron en su mayoría cerca del río Magdalena, eran comerciantes menores, transportistas y proveían de alimento y muías a los viajeros.

Tenemos abundantes artesanos desempeñándose en diferentes oficios como albañiles, carpinteros, canteros, sastres, zapateros, curtidores, plateros y cereros —grupo importante encargado de la elaboración de las velas.

Están los que ejercen las profesiones liberales; los de mayor profusión, son los letrados y escribanos, a quienes se acudía para tratar los múltiples pleitos que se generaban en un puerto marítimo. Pero también estaban los médicos, boticarios y barberos.

Una de las clases que se forma tardíamente (1587), es la de los militares, a los que se les paga salario, y su misión es la defensa de la ciudad.

Se mencionan extranjeros, pero se desconoce la razón de su permanencia.

Por último, encontramos al clero, En 1534 fue creado el obispado de Cartagena. El interés por este estamento radicaba en crear un puente que permitiera el fácil acceso del cristianismo al Nuevo Reino. A pesar de existir una profusión de construcciones religiosas, el clero secular era más bien escaso, y así se mantuvo a lo largo del siglo. El siglo XVII puede considerarse de mayor auge para estas comunidades.

En cuanto a los indígenas, encontramos que algunos vivían dentro de la ciudad y por tanto se les denominó ladinos. Estos eran empleados principalmente para el servicio doméstico. Los demás fueron puestos en resguardos, y se ordenó a los pueblos indígenas un proceso de urbanización similar al de las ciudades. Sin embargo, esto no se sigue en la provincia de Cartagena, donde se les deja seguir habitando sus aldeas, pero controlados con la presencia de una iglesia doctrinera.

De los negros no se tiene un registro preciso que permita saber cuándo se inicia su introducción y en qué cantidad. Sin embargo, a las personas de alto rango social les estaba permitido viajar con ellos. En las incursiones que efectuó Heredia en el área Cenú, se menciona que lo acompañaban alrededor de 50 esclavos negros, pero no se habla más de ellos después de este recorrido.

En las legislaciones de 1552, se hace referencia a los negros, tanto esclavos como libertos. Su número debió ser importante, al igual que preocupante su control, pues al referirse a ellos se habla de ataque, robos, porte de armas, cuchillos,  etc., y se les conmina a respetar el toque de queda que se implanta en dicho año. También hubo muchos negros cimarrones, que una y otra vez trataron de establecer palenques. Dos sectores son mencionados muy por encima, el de los mestizos y las mujeres. Al parecer, las labores de servicio doméstico eran efectuadas generalmente por mujeres, la mayoría indígenas aunque no se descarta el elemento negro, y esto propició su mezcla con blancos. Hay que tener en cuenta que se realizaba otro tipo de mestizaje: el cultural e ideológico; estas mujeres debían cuidar de los hijos de las españolas, amamantarlos, criarlos y este contacto podría generar un proceso de interdependencia y transferencia de prácticas culturales.

En cuanto a las mujeres españolas, también es difícil determinar cuándo llegan y en qué número. Sin embargo, ciertos datos que se mencionan al margen nos indican que en 1546 ya hay mujeres. En esta fecha Cartagena sufre el ataque del pirata francés Baal. La ciudad es tomada por sorpresa, pues se piensa que el alboroto originado con la invasión es causado por el matrimonio de la sobrina de Heredia, el cual estaba programado para el desdichado día (Borrego Plá 1983: 88). Esta mención nos señala la presencia de una mujer, Constanza Heredia, y siendo una mujer de alto rango, hace pensar que existen otras mujeres de igual o menor condición que acompañan a sus esposos, o que fueron al nuevo mundo en busca de fortuna.

Por otro lado, es interesante observar que se alude a la confusión de los habitantes, quienes toman el alboroto ocasionado quizá por los disparos y gritos de guerra, como el inicio del festejo del matrimonio. La práctica de lanzar voladores, cantar y hacer fiesta en un matrimonio es cosa que observamos aún hoy en algunos pueblos, o barrios de las ciudades.

2. El prestigio y su manifestación cultural

Lo expuesto anteriormente, permite plantear ciertas hipótesis acerca de la sociedad durante el siglo XVI. La persistencia de ciertos privilegios para los altos rangos sociales, los nobles, durante el siglo XVIII, hacen pensar que éstos estaban bastante arraigados en el período que nos atañe y constituyeron un recurso de diferenciación social entre la población; hace que las clases más: prestigiosas que la componen, busquen otros factores de distinción, siguiendo aquellas que imperan en Europa para los nobles.

Autores como Rudé o M.S. Anderson (1968), muestran que en España, al igual que en otros países europeos del siglo XVIII, aún existían ciertos privilegios que sólo compartían los nobles. Entre ellos estaba vedado el tratamiento con el apelativo de Don, satirizado en la obra de Don Quijote; tenían derecho de exhibir su escudo de armas; les estaba vedado el comercio y no debían pagar tributos. Debían utilizar ropajes distintivos, y ejercer este mismo derecho sobre los demás estamentos sociales; podían gozar, además, de un puesto importante en la iglesia de la ciudad.

Como vimos, otro factor de diferenciación estaba en el sitio de entierro dentro de las iglesias; una mayor proximidad al altar implicaba unos costos mayores, que sólo podían ser sufragados por personas con altos ingresos, como lo indican ciertos documentos en los que se fijan estos aranceles. La existencia de un platero, y la importancia cada vez mayor de los sastres y zapateros (según una relación hecha por Borrego Plá 1983), permiten sustentar en parte las hipótesis formuladas.

Por tanto, a lo largo del siglo XVI, y muy posiblemente durante toda la colonia, ciertos elementos de la cultura material fueron un rasgo importante, cargados de prestigio, como factor de diferenciación social, cuyo significado y simbolismo fue fundamental para ciertos estamentos de la sociedad.

Existen otros elementos cargados de significado, fruto del conflicto generado por la interacción de los diferentes grupos étnicos que se hallan conviviendo en este espacio. Estos fueron productos del mestizaje cultural e ideológico y posiblemente no se hallan dentro de estas clases privilegiadas.

¿Dónde se encuentran estos vestigios del mestizaje? En el espacio urbano de una ciudad es difícil establecerlo, pero posiblemente los encontremos en los poblados indígenas, como producto de la imposición de ciertas costumbres españolas, como la iglesia doctrinera que mencionamos anteriormente. O en un palenque, cuyos asentamientos procuraban asemejarse al de los españoles (Jaramillo 1968: 70). Pero ¿tiene la cultura material el mismo significado dentro de estos espacios habitados por poblaciones diferentes?

EL ESPACIO URBANO EN EL SIGLO XVII

La primera mitad de este siglo fue bastante agitada en la actividad de la construcción; para 1607 se había duplicado la población y encontramos en ella 800 casas (Marco Dorta 1988), esto hizo necesaria la expansión de la ciudad hacia al Arrabal de Getsemaní. Podemos decir que aquí se da origen a los que más tarde constituirían los barrios populares. Las casas que allí se construyeron eran de bahareque, mientras que las del centro de la ciudad casi en su totalidad estaban elaboradas en piedra o ladrillo y tejas.

Hay una mayor profusión de construcciones religiosas; entre ellas se levanta el convento de Santa Teresa, el primer recinto para monjas. En un principio se esperaba que llegaran a él religiosas provenientes de España. Sin embargo no hay candidatas para esto y se recurre a monjas de Pamplona para que ocupen el recinto. A este convento le sigue la construcción de muchos más con el mismo fin (Marco Doria 1988):

Se construye también el convento agustino en el cerro de La Popa. Esta labor se efectuó con la ayuda del Cabildo, el cual estaba interesado en la ejecución de la obra por cuanto este cerro sirvió de refugio para los esclavos fugitivos y cimarrones. Más adelante se convirtió en centro de romerías y de devoción a la virgen de La Popa. De noche cumplía la función de faro.

En la Plaza del Mar se construye la Real Caja; esto con motivo del aumento en la actividad comercial y la elevación de la ciudad como principal puerto de América. Y la Plaza Mayor quedó como lo describe un documento citado por Marco Dorta (1988). "bien calificada por la presencia de la Casa de Inquisición". En un principio consistió de varias casas de dos pisos, su parte inferior fue alquilada para locales con el fin de obtener rentas. En el siglo XVIII se convirtió en el monumento barroco que vemos hoy en día.

Entre las obras públicas se construyen dos hospitales más: uno para convalecientes, el de San Juan de Dios; y el de San Lázaro para leprosos, enfermedad que al parecer causaba estragos en Cartagena.

Dentro de los trabajos civiles, se inician las fortificaciones en piedra para defensa de la ciudad. El primer fuerte terminado es el de San Matías, y en 1614 se ponen las primeras piedras del Fuerte San Felipe cuya obra se completa casi un siglo después. Hacia 1630 se terminan las murallas que circundan la plaza y buena parte de Getsemaní; sin embargo no fueron suficientes para evitar las incursiones piratas y su reconstrucción se siguió durante otros dos siglos.

Durante la segunda mitad del siglo la actividad constructiva se merma un poco. Para finales del siglo hay aproximadamente unas 1500 familias.

EL ESPACIO URBANO EN EL SIGLO XVIII

El siglo XVIII no trae grandes construcciones que reflejen importantes cambios en la estructura de la población. Se caracteriza más bien porque se terminan muchas de las obras iniciadas con bastante anterioridad; o por la remodelación de algunas casas de los más adinerados quienes buscan estar al tanto de los últimos estilos arquitectónicos; o por la reconstrucción de edificaciones afectadas por los bombardeos piratas.

Cabe hablar aquí del uso del espacio en las casas cartageneras. Las del centro de la ciudad eran generalmente de dos pisos. El segundo piso era ocupado por sus dueños y se caracterizaba por tener balcones volados, espacio ideal para aprovechar la brisa marina refrescante en momentos de intenso calor. Contaban estas casas también con patios internos con columnas y arcos, y por lo general estaban construidas en ladrillo, piedra y mamportería. La planta baja frecuentemente era utilizada con fines comerciales o como depósitos, en la parte que se encontraba frente a la calle. La parte interior comprendía los aposentos de la servidumbre y las caballerizas.

En Getsemaní eran más comunes las casas de un piso con fachada barroca, una puerta central y dos ventanas laterales elaboradas con rejas en madera. En su interior también existía un patio flanqueado por arcos y columnas.

CONCLUSIONES

Esta reconstrucción del espacio urbano ha permitido analizar algunos textos que fueron utilizados durante esta investigación. Como lo mencionamos en la introducción, dentro de las corrientes historiográficas actuales se enfatiza mucho en la búsqueda de nuevas fuentes de datos o en el recurso de otras disciplinas para poder efectuar análisis que permitan profundizar en las mentalidades de las colectividades. Sin embargo, estos recursos no son utilizados por muchos autores.

El texto de Borrego (1983) se puede considerar un estudio minucioso de los documentos de archivo, de las crónicas, como también de las relaciones de precios, empadronamientos, ordenanzas, etc., con los cuales se elaboraron numerosos cuadros para demostrar las relaciones de conflicto entre los encomenderos, y de éstos con otros estamentos sociales particulares en Cartagena. Sin embargo, esto no hace que pueda ser considerado el estudio de historia social de Cartagena del siglo XVI (como se menciona en el prólogo), por cuanto deja de lado otros objetivos. Estos son el estudio de las continuidades, de los acontecimientos como los describe Le Goff (1983) en el que se modifican las perspectivas cronológicas de la historia para observar lo repetido y esperado "fiestas del calendario religioso, acontecimientos y ceremonias unidas a la historia biológica y familiar: nacimiento, matrimonio y muerte" (Le Goff 1983: 318).

Cuando la autora se refiere a algunos matrimonios y casos de adulterio, en los cuales debe estar presente el elemento femenino, no desarrolla ningún aspecto que concierna a las mujeres. Esto va unido a otro problema que tampoco analiza, no tiene en cuenta lo que significa para esta época de conquista y colonización, un posible cambio en los valores de estos individuos españoles al tener contacto con los indígenas, con las nuevas tierras, con las nuevas condiciones en general. Al mismo tiempo tenemos el proceso contrario, el cual tampoco se examina: el impacto entre la población nativa, no sólo a nivel demográfico, tema ampliamente discutido, sino también a nivel cultural e ideológico.

Estas situaciones, como vemos, pueden crear otras formas de conflicto, diferentes a las que ella analiza entre los encomenderos, que permiten extraer mayor información para complementar el cuadro cotidiano de la vida urbana.

Por tanto, y aunque se pueda considerar el texto de Borrego Plá como novedoso en ciertos aspectos, falta ampliar el campo de interpretación con la ayuda de otras áreas que permitan "descubrir" hechos escondidos aún en la información más sencilla.

El texto de Marco Dorta (1988) definitivamente pertenece a una escuela histórica en la cual es evidente que predominaba el gusto por lo estético y lo majestuoso, allí donde quedaron las huellas de las grandes proezas del pasado. Se trata de una lectura que enfatiza básicamente las construcciones civiles, particulares u oficiales, en la cual se describe la forma de recinto arquitectónico y la función para la cual estaba destinado. No existe el intento de buscar el contenido con el cual pueda hacerse un análisis del significado que tenían estos monumentos para las colectividades, y su posterior transformación simbólica (esto se encuentra más extensamente expuesto en Cardoso y Pérez Brignoli 1977: 334).

La falta de análisis se puede encontrar el tipo de información y el manejo dado por el autor. Marco Dorta transcribe párrafos de las cartas que intercambiaban los funcionarios de las colonias con la metrópoli, que conciernen principalmente al sitio, los materiales de construcción empleados y el maestro contratado para este menester. No existe un cuestionamiento de las fuentes escogidas, se queda en el nivel de descripción.

Datos como la aparición o desaparición de monumentos tienen un significado importante dentro del estudio de las estructuras sociales, por cuanto definen qué estamentos se van creando para suplir las necesidades de una población, o cuáles desaparecen por su inutilidad, producto de las transformaciones. Un ejemplo de esto, que no es analizado por el autor, es la construcción de un convento de monjas un siglo después de la fundación, lo que indica nuevamente la presencia de la mujer pero desempeñando un rol distinto y nuevo, con un significado bastante diferente al de ser ama de casa, del servicio doméstico, vendedora de frutas, etc.

Siendo un libro que trata sobre el espacio arquitectónico no hay ninguna mención sobre la implantación y el impacto que pudo ocasionar este modelo urbano español en  las comunidades étnicas negras e indígenas. Esto muestra que el texto de Marco Dorta, está aún bajo los criterios europeos de historia, que se inicia con la llegada de los españoles y lo que de ahí en adelante se escriba hace referencia a su historia en el nuevo mundo, y a su "interpretación" de la cultura indígena (por cuanto no es considerado dentro de esta corriente que el "otro" posea historia propia).

Otro caso similar lo constituye la obra de Lemaitre (1983). En sus textos predomina la típica separación de prehistoria e historia, donde la prehistoria comprende todo aquello que es básicamente bárbaro: un mundo de religiones incultas, costumbres culturales estéticamente desagradables; contrapuesto a la historia, donde se hace alusión a los "héroes gloriosos y magníficos".

Esta labor se lleva a cabo citando documentos que sirven para especular sobre el comportamiento de ciertos individuos, principalmente negros e indios. Tal es el caso cuando menciona a estos últimos para decir que son "inteligentes" y acompañan a los españoles en sus saqueos de los poblados indios. O para saber por qué Pedro Claver se dedicó a ayudar a los negros.

Vemos a través de esta investigación la importancia de las fuentes de información. Pero más importante es el cuestionamiento que de ellas se haga, cuál era la intención de las mismas en su momento y qué representan actualmente. Esto permitirá que su análisis sea más coherente y confiable, logrando así observar los distintos fenómenos que se dieron entre los diversos grupos humanos, buscando el conflicto, la tensión, la agitación, lo que perdura y lo que desaparece, pero ante todo el por qué y el significado de todo ello. Es una alternativa de análisis que busca cubrir un amplio campo de trabajo, donde no hay límites definidos que lo separen de otras ramas de investigación; al contrario, estas encuentran invitadas a participar.

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[*] Estudiante del Departamento de Antropología y de la Opción en Historia «« Volver

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